Se suele decir que la esperanza es lo último que se pierde, pero yo creo que debería ser la dignidad. Y es así, luchamos todos los días por conservarla, nos aferramos a ella como si fuera lo único que nos quedara (y en muchas casos es así, no señalo a nadie). Pero aunque lo querramos o no, vivimos momentos en los que esa dignidad se esfuma como si nunca hubiese existido.
Estoy en la calle escuchando música y sintiéndome parte de una especie de videoclip. Si es una canción triste bueno, simplemente apoyo la cabecita en la ventana del bondi y miro para afuera con cara de circunstancia (ni te digo si está lloviendo, ahí si me merezco un oscar). Y bueno si es un tema más alegre y motivador, voy caminando con toda la confianza del mundo. Y pienso, opa Cami hoy estás matadora. Hasta que una querida y adorada pequeña baldosa de la calle me hace tropezar. En cuestión de segundos toda esa confianza y seguridad se van al carajo. Miro para todos lados y si tengo suerte y nadie me vio, corro lo más rápido que puedo. Y si alguien me vio, bueno me río despreocupada y sigo de largo. No importa si me caí y me desgarre un tendón, en el momento voy a hacer como si no hubiera pasado nada, lloraré como una desgraciada cuando llegue a casa.
También suelo perder mi dignidad de maneras más conscientes y rebuscadas. Me encuentro una tarde de domingo, sin mucho que hacer. ¿Qué se me ocurre? Pongo algo de música romántico-deprimente y empiezo a recordar lo peor. Pero ahí no termina, mi querido Facebook me va a ayudar a perder un poco más de dignidad. Entro y mi mano mueve el mouse como si tuviera vida propia, voy al perfil del innombrable y me pongo a chusmear el muro. ¿Para qué, quién te manda? Gigi, mirá que sos masoca a veces, pero en esta te luciste. Y no sólo eso, sino que entro a ver cómo es la nueva novia, qué estudia, en qué trabajo, cómo se viste, qué música le gusta y si tengo suerte de encontrar cosas que no me gustan me río al estilo de malvada de película muaahahaha. Hasta que me acuerdo que estoy sola en mi cuarto y que no hay nadie para ver los logros de mi investigación. Y ahí es cuando caigo y me doy cuenta de la situación patética en la que me metí. Y bueno, digamos que no es uno de mis mejores momentos.